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La Navidad: entre la razón y la fe

Niño Manuelito,
¿qué quieres comer?
-Buñuelitos fritos,
envueltos en miel…

Este era el estribillo de uno de los tantos villancicos que cantábamos de niños en Arequipa, en el sur peruano, pasando casa por casa, comiendo deliciosas ensaladas preparadas para la ocasión, recibiendo dulces como regalo y premio por los cánticos al Niño que estaba por llegar en la Nochebuena de cada 24 de diciembre. En la tradición sureña, principalmente en Cusco, el niño Manuelito suplía el nombre de Jesús, el Mesías, el hijo de Dios, según el Nuevo Testamento.

Más de mil kilómetros al Norte, en Lima, en los últimos decenios de nuestros tiempos los preparativos empezaban (y empiezan) a finales de octubre, apenas termina la fiesta de Halloween que, dicho sea de paso, poco a poco ha desplazado al Día de la Canción Criolla.

Las autoridades ediles se encargan luego de los atuendos de la ciudad capital, como encender las luces del árbol de la Navidad en la Plaza Mayor y todo su entorno se torna festivo, como el pasaje Santa Rosa y las primeras cuadras del jirón de la Unión que, por ejemplo este año, cuenta con 2,046 flores de Amancaes, elaboradas a mano con pancas de choclo por artesanas locales, informa la prensa edil.

La gran Lima, mejor dicho sus hijos, se preparan para el día escogido por profetas como Isaías, unos 700 años antes del nacimiento de Jesús, para estar –juntos, unidos– en comunión familiar en la cena navideña.

Esto, no obstante que se ha dejado atrás varias de nuestras tradiciones antiguas, como en la cocina, para ahora privilegiar el pavo o lechón al horno, con puré de manzana, junto al panetón y el chocolate caliente (con clavos de olor y canela) y brindar con el también infaltable champán u otras bebidas. Y es que una particularidad capitalina de los últimos decenios ha sido el ingrediente cada vez más comercial de la fiesta navideña. Diríamos que toda la ciudad es un mercado persa, donde se compra y vende de todo, desde comida, juguetes y ropa hasta los productos electrónicos más sofisticados, siendo el más significativo el de Mesa Redonda, ubicado a la espalda de la avenida Abancay, en el Centro de Lima, pero de triste recordación por un incendio pavoroso. Si echáramos una mirada a las navidades de cada una de nuestras regiones, como dice el arquitecto y promotor cultural Javier Luna Elías, cada una de ellas es un mundo aparte: Cusco y su feria del Santurantikuy (compra de santos), Ayacucho con sus retablos, Puno y sus danzas, Cañete y su recordación dancística de los ancestros africanos; el norte con sus nacimientos moches, la selva con lo suyo, etc., etc., etc.

VIRUS MALDITO

Pero los tiempos de pandemia han trastocado este año las alegrías y el sentimiento de comunión del pasado. Es una triste realidad que nos marcará de por vida: el mero hecho de no estar con los nuestros.

Acostumbrados como estábamos, con una economía que al menos respondía a los embates de la crisis mundial y nacional; acostumbrados como estábamos al desborde de los regalos, sobre todo para los niños; a las fiestas empresariales y cenas de amistades, sea con los gustos tradicionales, modernos o postmodernos, esta vez, como nunca nos había sucedido en los últimos decenios, la fiesta es austera, tanto que hasta marginó a parte de la familia, en especial a los viejos, en una suerte de crecimiento de esa despreciable política de la gerentofobia atizada por el gobierno de Martín Vizcarra y mantenida, con ligeras variantes, por el actual mandatario.

Claro que muchas personas han perdido familiares y amigos de sus círculos más cercanos, obvio que la economía, por un pésimo manejo de cuarentenas ultrarrígidas, se ha ido al cadalso, por lo que millones de compatriotas pasan las Fiestas Pascuas en desempleo, y muchos en la absoluta miseria porque sus ahorros se han evaporado en los últimos diez meses desde que empezó el virus maldito.

A lo anterior hay que sumar el impacto en las ventas proyectadas, se supone en estas etapas de reactivación económica a cuentagotas, en estas épocas navideñas, afectando tremendamente el comercio y el sector servicios, como los restaurantes, con esta fatigosa austeridad marca coronavirus que no tiene cuándo acabar.

Tras este año de incertidumbre y caos de pandemia, no se ha cristalizado ese deseo de las mayorías de una Navidad con algo de alegría y de reuniones. Se nos ha prohibido hasta manejar vehículos, se nos prohíbe ir a la playa en esta fiesta y en Año Nuevo. Y todo para disuadirnos de visitas a nuestros familiares y amigos.En un escenario de esta naturaleza, es obvio que se prolongan los aislamientos y se amenaza con otros más restrictivos por las nuevas cepas del virus que se expande, nos dicen, desde el Reino Unido, mientras para miles (o millones), al margen de los duelos por los seres queridos perdidos, en las noches de insomnio aparecen los fantasmas del desempleo en medio de una crisis civilizatoria que es ecuménica o global.

EL PESEBRE

En tales circunstancias, sin embargo la sola presencia de la Nochebuena y la Navidad es un antídoto para los pesimismos antiguos y recientes. Las medidas de las autoridades pueden hacer mella en los sentimientos humanos, pero ni sus políticas, ni el agnosticismo, ni el relativismo cultural pueden contra el referente mesiánico-religioso de redención humana y social más poderoso de todos los tiempos: el nacimiento de Jesús de Nazaret.

Y es que hace más de 2,750 años el profeta Isaías anunció que vendría al mundo un Niño, un hombre, cuyo reinado acabaría para siempre con la oscuridad en que vivían en esos años los olvidados de la Tierra.

Presagiaba Isaías que los pueblos que andaban en tinieblas verían la luz porque llegaría un Redentor que multiplicaría la solidaridad y la alegría. A Él lo llamarían “Admirable Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno y Príncipe de Paz”.

Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límites, decía el profeta y, sobre el mundo de entonces, se trazaría un orden justo y una redención moral por los siglos de los siglos.

Y ese Niño nacería en un pesebre porque para los caminantes o migrantes –María y José– no había un lugar reservado en la posada donde acamparon en el pequeño pueblo de Belén. Su lugar predestinado era el pesebre, el establo, el corral.

Al llegar la medianoche

y al romper en llanto el Niño,

las cien bestias despertaron

y el establo se hizo vivo.

Y se fueron acercando,

y alargaron hasta el Niño

los cien cuellos anhelantes

como un bosque sacudido.

Bajó un buey su aliento al rostroy se lo exhaló sin ruido,

y sus ojos fueron tiernos

como llenos de rocío. (…).

Son versos del poema ‘El Establo’, de la poeta chilena Gabriela Mistral.

“Mientras estaban en Belén le llegó a María el tiempo del parto, y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada”, dice también el Evangelio de Lucas (Lc 2, 6-7).

Es pues significativo, como lo han resaltado algunos estudiosos, que lo primero que resalta es que el hijo de Dios no ha tenido un lugar para nacer. No había lugar en la posada.

LOS PASTORES

Los mismos críticos señalan otra constante de Lucas en el tercer evangelio: una predilección para con los pobres y marginados de esos reinos, los pastores.

Y esto se suma a la algarabía o felicidad de lo escrito por otros: una luz ha brillado sobre el país que estaba en tinieblas.

Y los testigos de tan magno nacimiento no son las autoridades ni las personalidades del pueblo o del reino sino, en efecto, humildes pastores que se regocijan del suceso junto con sus animales, como el buey, cuyo aliento da calor al Niño y lo observa con sus ojos tiernos como llenos de rocío.

Mensajes como estos, y después el vía crucis y la crucifixión, han desafiado la racionalidad de los tiempos modernos, al extremo que se piensa que estamos ante otras racionalidades en pos de la redención humana, desafíos que han llegado al corazón de la filosofía, como se ha visto en el gran debate entre el teólogo Joseph Ratzinger, quien fuera el Papa Benedicto XVI, con el filósofo Jürgen Habermas en la Alemania ultramoderna del año 2004.

Ellos, desde sus credos, respondieron a interrogantes tan sugerentes como estos: ¿cuál es el papel de la fe y la ética en la democracia moderna? Dicho de otra forma, ¿pueden llegar a ser hermanas la fe y la racionalidad democrática? Ratzinger dijo que sí. Ese mismo desafío, desde otro ángulo, está en las nuevas teorías de la física cuántica de ese genio norteamericano de origen japonés llamado Michio Kaku, para quien las leyes del universo, desde sus partículas más pequeñas, están regidas por una sabiduría superior que no puede ser otra que la de Dios.

POST SCRIPTUM…

Como vivimos tiempos difíciles en el Perú, en que ideologías y relativismos culturales pretenden diluir y descalificar las corrientes de pensamiento que no son los suyos, donde se ha hecho un modus vivendi satanizar a la Iglesia hasta con la pedofilia, es bueno recordar que el espíritu de la Navidad no es descalificador, no es el pretencioso “pensamiento único” totalitario.

Es todo lo contrario: más allá de dogmas y errores del pasado o del presente, es integrador, comprensivo y tolerante. No es de venganza sino de perdón. No es de minorías ruidosas y violentistas sino, por lo general, de mayorías silenciosas.

SUEÑOS Y TEMORES

Estamos pues ante esa sustancia invisible de sueños y temores, estamos ante “una pléyade virtualmente infinita de desarrollos iconográficos, literarios y filosóficos que dura ya dos milenios”, resalta el académico español José E. Rodríguez-Ibañez, de la Universidad Complutense de Madrid.

No se trata tanto de la matriz simbólica originaria de las sociedades o de ese hilo conductor que ha marcado la tradición judeocristiana, sino del “poder evocador del mayor arquetipo religioso de Occidente, es decir, la figura de Jesús de Nazaret”.

Una figura que puede ser escudriñada, tanto desde la filosofía y la ciencia, como hemos señalado líneas atrás, como desde el mismo arte que lo confronta, como la literatura de José Saramago (El Evangelio según Jesucristo) y la cinematografía de Martín Scorsese (La última tentación de Cristo), quienes, más allá de la crítica, no dejan de mostrar “su innegable respeto hacía la tradición cristiana”, constata el citado académico en un añejo artículo titulado “Saramago, Scorsese y Jesucristo” (El País de España 15/3/1993).

POR: PLINIO ESQUINARILA

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